Crónicas de viaje
Última actualización 07-05-2012 14:26
Patagonia 360
Una elección para toda la vida
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Habíamos ingresado a la provincia de Río Negro pocas horas antes. Nuestro paso por Viedma y una noche en el paraje El Cóndor habían sido la carta de presentación para andar por una de las rutas que más disfrutaríamos en nuestra primera parte del recorrido de Patagonia 360.
Llevábamos incipientes kilómetros de ruta y ya nos habíamos decidido por los caminos alternativos, así fue que dimos con la Ruta Provincial Nº 1 que nos llevó a lo largo de la costa.
El cartel de la proveeduría era apenas un pizarrón pintado pero estratégicamente ubicado después del lomo de burro improvisado. Un caserío, calle de tierra y avanzamos hacia el mar. Estábamos en Bahía Creek, un pequeño poblado de pescadores. Queríamos conocer sobre el lugar y suponíamos que aquel personaje que daba de comer a sus perros a nuestro paso sería indicado.
- Buenas tardes, ¿se puede pasar?
- Adelante, adelante, señaló una voz que salía entre unas alacenas de masitas y golosinas.
El calor no agobiaba pero el sol de la siesta se hacía sentir. Tranquilo, con su remera verde, un gorro de lana que cubría gran parte de su cabeza y poca cara de buen amigo apareció Elio Capponi, uno de esos personajes que nos acompañarían con sus historias de vida a lo largo de todo el viaje y mucho tiempo más.
- Y dígame Elio ¿qué se hace por aquí?
- Esto -dijo mientras se cruzaba de brazos y miraba a su perra jugar detrás de mi asiento- nada.
Nos miramos y echamos a reir a carcajadas, sabíamos que había en él alguien dispuesto a vivir la vida desde otro lugar, como diría Joan Manuel Serrat: ‘Sin prisa pero sin pausa’.
Bahía Creek no había sido un lugar de escape para Elio. Durante toda su infancia, su padre -un pescador apasionado- había llevado al niño a este paraje de ensueño para disfrutar de la actividad. El tiempo pasó pero la costumbre no varió y fue después de su separación que decidió armar su vida en un poblado donde, a diciembre de 2011, era el único habitante estable durante todo el año.
Unico poblador “De forma permanente, hace poco más de cinco años que estoy aquí. Cuando llegué trabajaba en aquella esquina -y señala una casa antigua- que era la carnicería del pueblo. Cuando su dueño se murió yo seguí trabajando un tiempo más porque era muy amigo del viejo, pero después vino su hija y me pidió la casa, así que decidí traerme todo acá”. Y ese acá significa el living de su casa que hoy se encuentra tapado de estanterías y heladeras que promocionan distintos tipos de mercaderías.
Devoto del Gauchito Gil -“ése me lo regalaron hace quince días y no se vende”, dice mientras conversamos sobre una estatuilla que adorna el lugar-, nos cuenta que por la bahía durante época de verano se pueden ver muchos turistas. “Es una ruta transitada por muchos. Se ven alemanes, italianos, muchos van recorriendo el camino y paran, toman algo, se sacan algunas fotos y siguen”. Mientras habla busca en el freezer una cerveza.
- Ésta la traigo para mí (una lagger bien helada) no para vender, pero hoy la vamos a compartir, se apresura a decir y destapa, sirviendo en tres vasos, sin importar que apenas es hora de la siesta y que el día tiene mucho por delante.
Sólo en esos parajes “Soy el único habitante permanente. Hay veces que me paso quince días solo por acá, sobre todo en invierno. He llegado a estar solo casi un mes, pero igual ahora voy cada 15 días a Viedma. Pero de acá ya no me voy más; éste es mi lugar”.
Bahía Creek comienza a despertar de la siesta y algunos preparan sus lanchas, otros llegan con sus cañas y pasan y saludan. En el patio del frente, Elio ubicó unas mesas, unas sillas y allí la charla continúa amena.
“De chico yo venía con mi papá; en ese entonces había una sola casa acá. La gente venía a pescar, y veníamos porque nos gustaba. Mi papá era miembro del club de pescadores. Lo primero que se hizo era un refugio, que en estos momentos está tapado (y señala indicando el camino que lleva hacia el cañadón que da a la playa), enterrado a 30 metros. Se tapó por el viento que arrastró la arena y ahí quedó. Ahora hay un total de 60 casas. Hay 4 ó 5 que se alquilan y poco a poco van llegando nuevos residentes. Ya no todos vienen a pescar, muchos vienen por el lugar tan bonito”.
Agudizar el ingenio En Bahía Creek no hay ni luz, ni señal de celular y el agua de lluvia es uno de los mayores tesoros. Pero el ingenio es muchas veces un aliado. Poco a poco, la frase “aquí no se hace nada” se va disolviendo a medida que conocemos las actividades que tiene Elio en el día. “Es que en realidad hay que hacer cosas para no aburrirse”, cuenta.
“Luz: cada uno tiene su generador. En enero, si el club tiene dinero se pone un generador común para que pueda dar luz a distintas casas, y si no hay dinero no hay gasoil, así que cada uno se compra. Lamentablemente no tenemos ayuda del gobierno. Todo sigue de largo aquí... vamos a ver qué hace este gobierno”.
La lluvia no se deja sentir desde hace mucho y eso se nota en el ambiente. “Es difícil, muchas veces pasan largas temporadas de sequía y tenemos que acostumbrarnos a vivir sin agua”. Por ese motivo, desde hace un par de años Elio ha organizado un sistema que le permite juntar el agua.
“Ahora es la única que consumimos, la es otra es muy buena perforación y se puede tomar. Durante 20 años siempre tomábamos ese agua. Ahora la mezquino un poco, pero antes venían todos a pedirme; cuando hay gente siempre alguien viene, el problema es que hace mucho que no llueve”. A lo lejos se ven algunos molinos y los señala. “Éstos sacan algo, pero no alcanza”.
Para poder abastecerse y regar su huerta y sus plantas, Elio construyó una bomba que extrae agua de la napa más cercana con un sistema de goteo. El ingenio se va poniendo a la orden de las necesidades.
Un recuerdo Permanente El tiempo había transcurrido desde el primer saludo y debíamos seguir el camino. Todavía nos quedaban algunas horas de luz para avanzar hacia Las Grutas, que era nuestro próximo destino.
“No se olvide de mandarme la nota cuando la publique”, me dijo al pasar mientras con una sonrisa extendía su mano.
“Tome, éste es un obsequio de la casa, para jugar al truco” y desde entonces, una pequeña artesanía de madera nos acompañaría a lo largo de todo el viaje, fruto de las manos de un carpintero que un día decidió acuñar el silencio y el resto de sus días en estas hermosas tierras de Río Negro.